viernes, 30 de septiembre de 2011

6º libro a debatir el día 18 de octubre presentado por David Loguzzo

DE LA CIUDAD A LA NACIÓN José Carlos Chiaramonte y Nora Souto

José Carlos Chiaramonte nació en Arroyo Seco, provincia de Santa Fe, en 1931.
Hizo sus estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras en Rosario, de la entonces Universidad Nacional del Litoral, en la que se graduó como profesor de Filosofía en 1956. Ha sido docente en varias universidades del país y del exterior, y es actualmente profesor honorario de la Universidad de Buenos Aires, director del Instituto de Historia Argentina y Americana "Dr. Emilio Ravignani" de la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y director del Boletín del mismo instituto. Es también Investigador Superior del CONICET y miembro del Comité Editorial de Ciencia Hoy. Recibió el premio "Bernardo Houssay" a la trayectoria científica. Es autor de numerosos libros.
Nora Souto es profesora de historia, escritora y docente de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA
La organización política argentina fue fruto de un proceso bastante más complejo del generalmente supuesto. Los historiadores José Carlos Chiaramonte y Nora Souto empiezan preguntándose por los actores de esa difícil formación. ¿Naciones, estados, provincias o ciudades? Empiezan aclarando, además, que lo que se entendía por nación a comienzos del siglo XIX nada tenía que ver con el moderno concepto de nacionalidad. Incluso esas ideas fundantes no son vistas como "naturales" sino más bien como invenciones que resultaron del desarrollo de la sociedad moderna en tiempos signados por las revoluciones norteamericana y francesa. La pregunta inmediata que se formulan los autores es determinante. ¿Qué es lo que había si no existía la nación tal cual la entendemos hoy? A la hora de responder tratan de imaginar cómo pensaban los protagonistas de los hechos y de comprender algo aún más importante: la naturaleza de las distintas soluciones políticas que se presentaron luego del colapso de la monarquía castellana.

INTRODUCCIÓN
Los autores dejan en claro el objetivo del libro: explicar el proceso que llevaría al nacimiento al estado nacional argentino y a la formación de la conciencia nacional.
CAPÍTULO 1
Efectos del nacionalismo en el enfoque del tema
La influencia del nacionalismo en la historiografía latinoamericana ha traído aparejados dos tipos de presupuestos que obstaculizaron la tarea de los historiadores: primero se postulo la existencia de las actuales nacionalidades en el momento del estallido revolucionario y por otra se convirtió a las naciones en el actor principal del movimiento independentista. Sin embargo la nación es un resultado y no una causa del proceso independentista. Pero si no existía aún la nación ¿qué es lo que existía? Durante el siglo XVIII nación y estado son considerados como sinónimos, y a su vez estado y república podían referir al conjunto humano unido “por su dependencia a una misma autoridad” y la sujeción a las leyes que esta emanaba. La lengua, las costumbres o la memoria podían ser elementos importantes pero no indispensables es estas “naciones”. En Hispanoamérica las principales entidades soberanas al comienzo de estos movimientos eran ciudades, con la voz de sus apoderados en las juntas y los congresos convocados por ellas, pero este protagonismo que tuvieron las ciudades, a partir de las cuales surgirán las provincias fue desvirtuado por los contemporáneos adversarios del federalismo y las autonomías provinciales y que querían estados centralizados y los historiados que le siguieron que vieron esto como obstáculos que impidieron la temprana formación del estado
CAPÍTULO 2
El derecho natural y de las gentes como clave de interpretación de los procesos de independencia
Las ciudades o provincias tenían su soberanía desde el momento mismo de la caída de la corona española, en virtud del derecho natural y de gentes, que ya había empezado a reemplazar a la idea del origen divino de la autoridad política, teniendo en cuenta lo que ha sido llamado el fundamento de las tres grandes revoluciones (inglesa, norteamericana y francesa) y también los movimientos revolucionarios en Hispanoamérica: el principio de consentimiento, relacionado con las doctrinas contractualistas. El derecho natural y de gentes es tomado aquí en un sentido más complejo que una doctrina jurídica, ya que constituía la ciencia política de la época, y funcionaba como creencia o sentimiento de legitimación incuestionable de la acción. La “retroversión de la soberanía”, que dio fundamento al movimiento independentista, ya que por incapacidad o tiranía del monarca, la soberanía de este vuelve hacia los “pueblos”, está relacionado con el derecho natural de rebelión, por el cual los súbditos podían resistir y hasta deponer a un tirano.
Las dos grandes corrientes diferencian los orígenes de la sociedad y de la autoridad política: la neoescolástica considera que la sociedad es un hecho natural, y que la comunidad recibe el poder de Dios para gobernar pero este debe ser delegado a una autoridad mediante el “pacto de sujeción”, pacto que eventualmente dejaría de tener efecto si la autoridad dejara de existir como por ejemplo con un trono vacio. En tanto el iusnaturalismo la sociedad es una creación artificial, que surge a través de un pacto entre los individuos el “pacto social”, y que esta sociedad enajena voluntariamente el poder de gobernarse en manos de un príncipe. De la misma manera este poder se podía recuperar, cuando, como por ejemplo se extinguía la dinastía reinante, entonces la sociedad recuperaría su derecho y podría elegir a quién dárselo nuevamente.
CAPÍTULO 3
Sobre los usos de la voz Nación desde la antigüedad hasta el siglo XIX
En la antigüedad clásica el término nación se intercambiaba frecuentemente con el de gens que designaba a los grupos humanos distintos y los romanos el término natío como grupos humanos distintos del propio, ellos se designaban así mismos con el término pópulos. Por lo común este antiguo uso se refería a pueblos con homogeneidad étnica y hasta cultural, y así se siguió utilizando hasta mediados del siglo XVIII. A partir de ese momento pierde toda referencia étnica y adquiere un significado casi exclusivamente político convirtiéndose en sinónimo de estado. Este sentido no étnico es el que está presente en el proceso de formación de las naciones iberoamericanas.

CAPÍTULO 4
Las formas de identidad política
a) En tiempos de la colonia: el vocablo argentino hacia fines de este periodo no era de uso habitual y solo se lo encontraba en textos literarios. Era usado para designar solo al habitante de Buenos Aires, nativo o no si era blanco. Las demás castas no recibían este gentilicio sino el de americanos. Los autores porteños solían utilizar el término para abarcar el territorio del virreinato al que consideraban una extensión de su capital Buenos Aires, aunque eran casos excepcionales. Hay tres tipos de identidades: una española, una americana y una restringida a la ciudad y su jurisdicción.
b) En tiempos de la independencia: fue declinando la identidad española y continuaron la americana para afirmar el haber nacido en el nuevo mundo, pero que con el tiempo comenzó a perder fuerzas sobre todo por las dificultades que presentaba la idea de unión de todos los pueblos americanos y la relacionada a las ciudades y luego a las provincias que surgieron. Pero el argumento en el que se basaron las primeras juntas patrias de la época fue en el principio de retroversión de la soberanía de los pueblos. El nombre que se utilizó para denominar al nuevo estado proyectado fue el de Provincias Unidas del Río de la Plata, posteriormente la independencia se declararía en nombre de las Provincias Unidas en Sud América, dando a entender que el origen de un nuevo estado sería fruto de un pacto entre estados preexistentes, que recuperados sus derechos soberanos sellaba su unión por medio de sus representantes.
CAPÍTULO 5
Los conflictos en torno a la organización de una nación: “unitarios y federales”
Es necesario abordar la cuestión de la soberanía, cuya interpretación ha sido desvirtuada por efecto de dos presupuestos: la primera pensar que las alternativas eran nación independiente o colonia (sin tener en cuenta otras como alianzas confederales), y la segunda la de desestimar el reclamo de los “pueblos” a quienes había retrovertido la soberanía por la prisión del rey. La alternativa federal, que en esta época se refería a alianzas, ligas o uniones de tipo confederal, diferenciándose de la fórmula federal norteamericana en que en las primeras la soberanía de cada integrante permanecía intacta contando entre otras cosas con ejércitos provinciales , se delegaba a un estado las cuestiones internacionales (comercio-guerras-diplomacia), y había derecho de secesión; en la segunda esa soberanía era delegada al estado federal, con leyes aplicables a todas las provincias, y no hay derecho de secesión. Es comprensible que los “pueblos” reivindicaran legítimamente derechos soberanos y buscaran alguna forma de asociación política que compensara su debilidad. Esta tendencia debió enfrentar proyectos de estados centralizados (unitarios) una vez derrumbado el imperio español en varias capitales virreinales, entre ellas Buenos Aires, argumentando su calidad de “antiguas capitales del reino” y en el caso porteño por poseer mayores recursos e “ilustración” que cualquier otra ciudad. Las dos posiciones partían del reconocimiento de los pueblos como sujetos soberanos y por lo tanto artífices del pacto que daría como origen a la nación, la diferencia estaba en el rol que cumplirían una vez formado el estado. Desde el punto de vista de la organización política en el período posterior a la Revolución de Mayo hasta la constitución de 1853 se pueden distinguir dos períodos: uno hasta 1830, con los enfrentamientos entre unitarios y federales y el otro caracterizado por el triunfo federal. Desde el punto de vista jurídico las trece provincias, luego del 34 se sumaría también Jujuy al separarse de Salta, estaban en pie de igualdad; no existiendo una entidad supranacional que rigiera por encima de ellas. La voluntad de unirse en una sola comunidad política nunca desapareció, ya que contaban con varios motivos para promover esta iniciativa: lazos económicos, políticos y hasta familiares, la conciencia de la propia debilidad para sostener la autonomía frente a otras provincias más poderosas, la necesidad de conciliar políticas arancelarias con Buenos Aires principal consumidor de mercancías.
CAPÍTULO 6
Los problemas en debate
La contienda ideológica entre unitarios y federales tuvo un escenario privilegiado en el Congreso Constituyente de Buenos Aires entre 1824-27, donde la tensión entre soberanías provinciales y soberanía nacional estuvo presente en cada debate. Los diputados eran representantes de cada provincia, es decir traían definido lo que debían apoyar y lo que no según los intereses provinciales, La ley Fundamental disponía la continuidad de los regímenes interiores de cada provincia hasta que se sancionase la constitución luego de que fuera aprobada por cada una de ellas. A pesar de no estar constituida la nación se sancionó la Ley de Presidencia, siendo electo Rivadavia. Este impulsó la elección de Buenos Aires como capital del estado. Los unitarios comenzaron a interpretar la Ley Fundamental a su modo argumentando la existencia de una nación originada por un contrato tácito (que se supone) en 1810 o 1816. Además veían como algo que favorecía sus intereses la capitalización de Buenos Aires hasta que Rivadavia presentó el proyecto de nacionalizar la porción del litoral marítimo más importante de la provincia, lo que provocó una división en sus filas. La constitución fue debatida, sancionada y luego rechazada por su carácter unitario. Este fue el último intento de imponer un gobierno centralista, a partir de allí Buenos Aires optará por la posición confederal, asumida como estrategia para imponer su supremacía.
La forma más perdurable de alianza entre provincias será el Pacto Federal, de tipo defensivo-ofensivo entre las provincias del litoral para defenderse de la Liga Unitaria del interior compuesta por 9 provincias. Una vez derrotada esta última el Pacto Federal sentó las bases de una confederación que terminó de incluir al resto de las provincias hasta 1853, donde Buenos Aires con Rosas a la cabeza, tenía asignado los asuntos exteriores e impedía cada vez que era propuesto, la realización de un nuevo Congreso Constituyente. Luego de la batalla de Caseros se celebró el acuerdo de San Nicolás, con la participación de todas las provincias, resolviendo que en el próximo Congreso Constituyente los diputados elegidos por cada provincia representarían a la nación y no a estas. Este Congreso logra sancionar una Constitución, pese a la ausencia de Buenos Aires, estableciendo un estado federal mal llamado Confederación Argentina.
Hay además un nuevo tipo de pensamiento, influido por el romanticismo y dado a conocer por la Generación del •37, que habla de cimentar una nación en el principio de las nacionalidades. Reconocían la necesidad del pacto entre provincias pero le agregaban la necesidad de diferenciar lo autóctono, lo propio frente a su modelo de referencia: lo europeo. Por un lado los rasgos distintivos de una nacionalidad: lengua, culto, experiencias compartidas eran similares al de otros países latinoamericanos, pero también eran patentes los sentimientos localistas, el amor a la patria chica. La definición de una nacionalidad argentina se tornó en un verdadero desafío para las elites dirigentes del 80 y del primer centenario de la Revolución de Mayo.

CONCLUSIONES
Los datos de la primera mitad del siglo XIX muestran la existencia de pueblos soberanos, independientes pero débiles con dos antitéticas pero conciliables pretensiones: preservar su independencia soberana y unirse a sus vecinos para superar su debilidad.
La nacionalidad argentina, como las de otras naciones iberoamericanas surgió como un producto de decisiones políticas luego de años de conflictos y se fue fortaleciendo con el tiempo tanto por experiencia colectivas reales como por efecto de invención de tradiciones. El desarrollo de la cultura y la sociedad argentina no ha mostrado la homogeneidad cultural correspondiente al concepto romántico de nacionalidad, sino una notable homogeneidad influida sin lugar a dudas por el gran aporte de inmigrantes europeos en la segunda mitad del siglo XIX. Esta heterogeneidad ha despertado dos actitudes: una que se interroga sobre la existencia o no de una nacionalidad argentina y cuales serían sus principales rasgos. La otra considera la heterogeneidad cultural como solo una etapa previa a la futura homogeneización. Pero la idea de homogeneización en manos de un gobierno autoritario podría convertirse en un peligroso argumento. Esta idea de homogeneización no parece atendible en la actualidad con un mundo cada ves más interrelacionado y con grandes intercambios culturales.
Pero finalmente ¿cómo son los argentinos? Afortunadamente muy diversos entre sí en muchas de sus pautas culturales, dado que uno de los más valiosos rasgos de la Nación Argentina es la de haber podido construir un ámbito de convivencia entre gente de distintos orígenes culturales.

1 comentario:

  1. La ley de educación 1420 fue la máxima expresión de la necesidad de construir un sentir argentino... una nación homogénea. Pero lo que esta educación ofrecía, es lo que realmente era ser argentino? o sólo la búsqueda de adoctrinamiento por parte de la clase dominante?
    Retomo la pregunta que se han los autores, ¿cómo son los argentino? y agrego ¿cómo podríamos haber sido?

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