jueves, 7 de junio de 2012

Síntesis del segundo libro a debatir: "La desigualdad y los impuestos" que se debatirá el próximo 12 de junio..., están todos invitados.....

LA DESIGUALDAD Y LOS IMPUESTOS (I)
José Nun
Tras el acuciante problema de la desigualdad social en nuestro país,  en 2010 se realizo un acuerdo por tres años, entre la Fundación de Altos Estudios Sociales de Argentina y la fundación Heinrich Böll, de Alemania para llevar a cabo programas de estudios, seminarios encuentros y publicaciones.
El primer tema que se planteó fue el de la incidencia del sistema impositivo sobre el fenómeno de la desigualdad, para fundamentar esta elección las razones fueron varias:
·        Se trata de un área de indudable relevancia pero que es muy brumosa no sólo para el público en general sino también para los propios expertos en ciencias sociales.
Una cuestión tan decisiva  para el conjunto de los ciudadanos ha estado siempre reservada a los especialistas, quienes en el mejor de los casos debaten entre sí y suelen asesorar a políticos que rara vez de hallan preparados  para discutir sus opiniones.
·        Estrechamente relacionado con lo anterior hay que mencionar que ha pasado bastante desapercibido que, desde mediados de la década del setenta, Argentina se convirtió en un caso único entre las naciones de niveles de desarrollo similar o superior en virtud de las trasformaciones experimentadas por su régimen fiscal: éste perdió el carácter progresivo que había adquirido a partid de los años cuarenta para volverse estructuralmente regresivo. son muy pocos los que saben que aquí el impuesto a las ganancias recae básicamente sobre las sociedades y no sobre las personas fiscales, lo que trae consecuencias negativas.
·        Contamos con tributaristas de prestigio internacional muy dispuestos a compartir sus conocimientos y sus críticas en la materia pero es raro que se les facilite el acceso a una audiencia amplia, de manera que perdura (y no por casualidad) la idea de que algo que afecta tan directamente a nuestra vida cotidiana escapa a nuestra comprensión.



CAPITULO UNO
CRECIMIENTO Y DESIGUALDAD
Desde hace más de treinta años, se instaló en Argentina y en el resto de los países de América Latina la idea de que el crecimiento económico era el mejor instrumento para alcanzar la prosperidad colectiva y de este modo reducir las desigualdades sociales, pero muy pronto la evidencia empírica comenzó a demostrar que en muchos casos que el crecimiento y el empeoramiento de las condiciones de vida tendían a aumentar juntos.
En el caso especifico de Argentina, desde los tiempos de la última dictadura militar nuestra economía estuvo dominada ideológicamente por la ortodoxia neoliberal, que entronizó al mercado y promovió el llamado ciclo de valorización financiera. El neoliberalismo se nutrió de las versiones más estrechas de la teoría económica neoclásica, ignorando otros aportes de esta escuela como los de J. Arrow (ganador del Premio Nobel de Economía en 1972), que sostenían que ningún mercado está en condiciones de garantizar la justicia distributiva.
En gran medida ese paradigma neoliberal continúa impregnado hasta hoy en la visión de la realidad de sectores claves del país; ni las crisis ni la pobreza ni el hambre han hecho mella en sus argumentos, que permanecen intactos, y por otro lado una vez que se aceptan sus supuestos se eslabonan con una lógica poco menos que cartesiana. Pivotean sobre dos factores que se consideran controlables: uno es la tasa de inflación y el otro, el nivel de ahorro nacional.
La explicación podría resumirse más o menos así: dada una economía capitalista de libre mercado que funcione sin interferencias, si hay estabilidad de precios y un volumen suficiente de ahorros públicos y privados, de generara un “clima de negocios” favorable que atraerá a los emprendedores y los llevara a invertir. En consecuencia, los negocios florecerán y existirá una creciente prosperidad. Sencillo, fácil de entender y, por eso mismo, convincente.
Es claro que surgen de inmediato por lo menos dos preguntas. La primera es por qué, entonces, esa creciente prosperidad no tuvo una verificación empírica desde que se impuso el paradigma. Peor aún se sucedieron las crisis capitalistas y en 2008 culminó una que todavía está lejos de haber sido resuelta. La segunda pregunta  es, precisamente, que garantiza que aquella eventual prosperidad no termine beneficiando a unos pocos y/o aumentando la desigualdad social. A decir verdad y a diferencia de sus mentores clásicos no era ésta una cuestión que desvelase a los economistas neoclásicos, quienes suponían que iba a resolverse por arrastre, o por derrame.
En los hechos eso no sucedió, por el contrario, desde las crisis del petróleo en los años setenta en los países desarrollados se disiparon “los 30 años gloriosos” de la posguerra y el auge del neoliberalismo les ha venido asestando golpes cada vez mas fuertes  a los llamados Estados de Bienestar (que planteaban disminuir el gasto público,  desregular los mercados internos, incrementar la inseguridad, entre otros). Si esto sucedió en los países más desarrollados del mundo, los efectos desbastadores del neoliberalismo afectaron mucho más gravemente aun a las naciones que Raúl Previch llamaba periféricas.
Lo sucedido en la Argentina desde la consolidación del neoliberalismo en el poder de la mano de la dictadura militar que se inicio en 1976 ilustra bien lo dicho hasta aquí, ya que desde ese año nunca se incrementaron los salarios más que la productividad. El proceso se agudizo con el denominado Régimen de Convertibilidad (1999-2001) en el que por un lado el PBI por persona paso de $7.099 a $8.203, y por otro lado, aumentó el porcentaje de pobreza, de desempleo y la desigualdad, lo que permite advertir que tras un fuerte crecimiento macroeconómico, la correlación del crecimiento y la desigualdad resulta negativa; luego de 1998 se desacelera el aumento del PBI, hasta llegar a la crisis de 2001.
El grave deterioro que fue necesario remontar en los últimos años impactó sobre amplios sectores de la población, y en el ámbito laboral hay categorías que fueron más afectadas que otras, por un lado los más jóvenes y según el grado de calificación, por lo que una distribución más igualitaria de la formación profesional se convertiría en una de las soluciones más adecuadas y urgentes, por otro lado se plateó el problema de la informalidad laboral, que  afecta a 2.800.000 asalariados y que incide en los salarios, la estabilidad, cobertura médica entre otros, por lo que el gobierno está trabajando para mejorar las condiciones tanto del sector formal como del informal.
Una de las medidas de mayor peso social adoptadas por el actual gobierno es la Asignación Universal por Hijo (AUH) que comienza a regir desde diciembre de 2009 y que beneficiará a 4.500.000 menores, con un máximo de cinco hijos por familia menores de 18 años, que deberán cumplir con los controles sanitarios y de vacunación oficiales y el cumplimiento de la escolaridad obligatoria. No cabe duda del éxito del programa en la mejora de la salud infantil y  de la expansión de la matricula escolar, se trata de una medida de gran trascendencia que exige y exigirá un esfuerzo creciente y sostenido del Estado para que pueda dar realmente frutos.

CAPITULO DOS
LA NOCIÓN DE DESIGUALDAD
Al referirnos a la desigualdad debemos partir de que la mayor igualdad debe tener por horizonte una razonable igualdad de condiciones y resultados, subordinando a ella la igualdad de oportunidades. Pero también ese horizonte debe ser acotado, un buen punto de partida para hacerlo es el núcleo básico de la noción de desarrollo humano elaborada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) cuyos tres componentes son: a) una vida longeva y sana, medida por la esperanza de vida al nacer, b) el conocimiento, medido por la tasa de analfabetismo y la tasa total de matriculas y c) un nivel de vida decente.
De lo dicho anteriormente se desprende quela mayor igualdad de condiciones debe obtenerse ante todo en materia de salud, de educación y de ingresos. Mayor igualdad no es necesariamente lo mismo que mayor equidad, pese a que sea corriente asimilar ambos términos como si fuesen sinónimos; sucede que esta asimilación sólo es plenamente válida si se habla de equidad vertical pero no de equidad horizontal, de ahí que la mayor igualdad suponga una mayor equidad, pero a la inversa no siempre sucede así.
El fenómeno de la desigualdad ha venido creciendo rápidamente también en aquellas sociedades industrializadas y, desde el ascenso del neoliberalismo se ha convertido en un duro signo de la época que vivimos.
Si regresamos al índice de desarrollo humano de (PNUD), una vida longeva y sana, con niveles decentes de ingresos y de educación, aleja claramente de la pobreza al individuo o a la familia de que se trate. Pero nada nos dice todavía a cerca de la existencia de sectores mucho más ricos y/o con privilegios especiales. Por lo que la desaparición de la pobreza no garantiza que disminuya la brecha entre quienes más tienen y quienes menos tienen, es decir, no asegura una mayor igualdad, con los efectos negativos que esto provoca sobre la educación, la salud, la esperanza de vida, la criminalidad, etc.
No hay dudas de que contextos de alta desocupación lo son también de alta desigualdad. Pero tampoco en este caso la inversa es válida. La actual fragmentación  de los mercados de trabajo,  la proliferación de empleos precarios y el crecimiento de la informalidad tornan compatibles niveles de altos de desigualdad con tasas relativamente  bajas de desempleo. El problema radica en la calidad (y no sólo en la cantidad) de los puestos de trabajo.
Para medir la desigualdad en términos de la distribución de los ingresos las herramientas que se utilizan son:
1)     El coeficiente de Gini: éste índice toma en cuenta tres elementos: los ingresos individuales en orden decreciente de magnitud, el ingreso promedio y la cantidad de individuos. Varía entre 0 (igualdad absoluta) y 1. El índice comenzó a medirse en Argentina a partir de 1974 y ese año fue de 0,36. En la década neoliberal de los noventa,  Argentina resulto ser el país que más empeoró su coeficiente en toda América Latina y el Caribe, tendencia que se ha venido revirtiendo en forma significativa desde 2003 donde fue de 0,53 y para el 2010 había disminuido a 0,43.
2)     Deciles de ingreso per cápita: Supone ordenar por escala de ingresos y en forma ascendente  el total de individuos con ingresos anuales mayores a cero, ubicándolos en 10 grupos de igual tamaño, por lo que el primer decil corresponde al 10% de la población que recibe los ingresos más bajos y el decimo al 10% con ingresos más altos. El ultimo individuo del quinto decil o el primero del sexto representa la mediana de ingresos.
3)     Otras medidas: los mencionados anteriormente son los instrumentos que se utilizan mas corrientemente, aunque hay otros como el índice de Theil que analiza la desigualdad tanto dentro como entre colectivos sociales; otro ejemplo seria el ya mencionado índice de Desarrollo Humano que elabora el PNUD, que además incorpora otros factores como la educación o la salud. Por su parte la CEPAL promueve la puesta en práctica de agentes de investigación y de políticas públicas que traten la desigualdad no sólo desde lo económico sino también desde lo ético, lo cultural, lo político, etc.




CAPITULO TRES
GASTOS PUBLICOS E IMPUESTOS
Se llega así a un tema más especifico, ¿Cómo intervienen (o podrían intervenir) los impuestos en la disminución de la desigualdad? Para ellos es necesario examinar dos cuestiones íntimamente relacionadas: una es la captación fiscal (la recaudación de impuestos) y otra, el gasto público (o sea el destino de los fondos con los cuales cuenta el gobierno). Por ello ocuparse del gasto público supone tener en cuanta como se o financiará y en esto, la captación fiscal constituye el principal (aunque no el único) mecanismo de recaudación  de fondos del que puede valerse el Estado.
Ocurre que resulta mucho más fácil criticar al gobierno por no proveer a la población de bienes básicos, que explicar cómo se van a pagar y de donde provendrán los recursos que sean necesarios conseguir. Hay quienes argumentan que en nuestro país la carga fiscal es asfixiante, si así fuera ¿de dónde y cómo imaginan esos críticos que podrían obtenerse los medios para implementar las mejoras que ellos acostumbran ser los primeros en reclamar?
Aquí entran el juego “excusas justificadoras”. La corrupción de los funcionarios públicos se ha vuelto una de las más usadas, y permite eludir el pago de mayores impuestos porque “total mi dinero se lo llevan los pillos”. Lamentablemente en nuestro país, y en muchos otros, esa corrupción existe desde hace mucho, y está muy lejos de tener el castigo que se merece, pero intencionadamente hay quienes procuran que el árbol  no deje ver el bosque, porque tales ´practicas constituyen cuantitativamente una parte relativamente menor de asunto, ya que el mayor inconveniente radica en la evasión fiscal, una de cuyas modalidades es la fuga de capitales. Por esta vía se sacan del país o se ocultan en el interior cuantiosos recursos que podrían estar disponibles para aumentar la recaudación de impuestos progresiva.
Lo cierto aquí es que la evasión es un delito que cometen tanto las sociedades comerciales como las personas físicas; a todo este panorama se le agregan las exenciones que favorecen a los sectores más pudientes, como pasa en Argentina con la eliminación del impuesto a la herencia y la desgravación casi total de las rentas financieras o mineras.
Estas prácticas gozan de una larga tradición, y participan de ellas no sólo los más ricos sino todos los que se hallan en condiciones de hacerlo. Claro que esto no sucede con los que tiene trabajos formales, pues cualquiera sea el destino final que su empleador le dé a tales fondos, los impuestos se le descuenta automáticamente del sueldo.
Ciertamente, desde hace algunos años se han venido intensificando y modernizado los controles que ejercen los organismos recaudatorios y han crecido de manera sustancial los ingresos fiscales. Además se requiere que el Estado avance en la redistribución de los ingresos a partir del gasto público; hace falta también llevar adelante una política fiscal claramente progresiva que, sea muy distinta a la vigente.
Un impuesto se considera progresivo cuando la proporción de ingreso de la que se apropia aumenta a medida que ese ingreso sube. Contrariamente si la tasa promedio disminuye cuando el ingreso crece el impuesto resulta regresivo. Este último es el caso de la mayoría de los impuestos indirectos (como el IVA), que a diferencia de los directos gravan bienes y servicios (impuesto a las ganancias, a la herencia) y no a individuos o firmas. Por ejemplo cuando compran el mismo modelo de bicicleta un pobre y un rico pagan un IVA similar, que resulta mucho más oneroso para el primero que para el segundo; en cambio los pobres no son alcanzados por el impuesto a las ganancias y los ricos sí.
El Estado no se financia únicamente de los impuestos que cobra, aunque ésta constituya siempre la principal de las tres fuentes dan sustento al gasto publico. Las otras dos son, por un lado las ganancias que puedan rendir las empresas públicas y, por el otro el endeudamiento.

CAPITULO CUATRO
 EL SISTEMA TRIBUTARIO ARGENTINO
Desde mediados del siglo XX hasta la actualidad, la estructura tributaria argentina ha avanzado muy poco en materia de reformas tendientes a mejorar la distribución del ingreso.
Argentina 50 años atrás exhibía una estructura y una presión tributaria más parecidas a las del mundo desarrollado que a las del resto de América Latina. El impacto distributivo de la acción fiscal era entonces muy superior a la actual y existía también una mayor igualdad.
Para analizar la evolución del sistema tributario se hace foco en ocho cuestiones:
1)     El poco peso que el impuesto a las ganancias de las personas físicas tiene sobre el total de la recaudación: en Argentina se implementó bastante tarde el impuesto a las ganancias (1930), y éste nunca tuvo un peso demasiado significativo en la recaudación pública. Sólo entre 1945 y 1952 el tributo adquirió realmente alguna importancia, que fue perdiendo después y que ha venido recuperando de manera limitada en los últimos años.
Dado el alto grado de concentración económica que existe en nuestro país, en términos generales diversas ramas de la actividad están dominadas por muy pocas empresas, que se convierten en formadoras de precios. De resultas de ello a través del precio que estas empresas les fijan a los bienes y servicios que proveen, toda vez que pueden le trasladan en realidad el tributo a los compradores. Si éstos son otras sociedades el proceso vuelve a repetirse; si se trata en cambio de individuos son ellos quienes terminan abonando el impuesto, con lo cual éste pierde su filo progresivo.
De ahí que el impuesto a las ganancias de las personas físicas  se vuelva de lejos el componente que más importa desde el punto de vista de la progresividad, sólo que en nuestro país  este componente ronda en apenas el 30% del total aportado por el tributo.
Las ganancias de las personas físicas tienen tan poca relevancia fiscal, por un lado, porque los ingresos individuales reciben un tratamiento diferente según provengan del trabajo que realizan las personas o del capital que poseen, y debido a la gran cantidad de exenciones la mayor parte de lo recaudado proviene de las ganancias personales por ingresos del trabajo. Y por otro lado se debe al bajo nivel de cumplimento de los contribuyentes (evasión).
2)     Las contribuciones a la seguridad social: Tanto en Argentina como en el resto de América Latina, el financiamiento de la seguridad social es muy regresivo, pues fija un techo al monto de ingresos sobre el cual es obligatorio aportar. Esto hace que la proporción del aporte disminuya a medida que el ingreso aumenta. En consecuencia, los trabajadores en relación de dependencia son en gran medida quienes están gravados por las contribuciones de la seguridad social además de que soportan el mayor peso en el pago del impuesto a las ganancias de las personas físicas.
3)     El escaso peso de la imposición sobre los patrimonios: Al igual que en la mayoría de los países de la región, los impuestos sobre los patrimonios nunca han tenido sobre Argentina una importancia significativa. Desde que fueron introducidas en 1974, se mantuvieron durante décadas por debajo del 1% del PBI.
4)     Crecimiento sostenido de los impuestos al consumo: Aunque se estableció como tal en 1975, recién en 1992 se produjo un salto cualitativo de la importancia del IVA, que en ese año subió al 6,4 del PBI y en 2007 su valor llegaba al 8%, para ello se lo rediseño varias veces a fin de generalizar sus alcances y de aumentar sus alícuotas.
Dada una extendida tendencia a no emitir facturas y/o subfacturar, el cobro del IVA pone a prueba la eficacia del sistema recaudatorio y lo cierto es que en nuestro país la evasión resulta hoy muy considerable. Si esta última descendiera, la tasa general del 21% podría rebajarse entre 6 y 8 puntos.
5)     Escasa relevancia de los derechos de importación: han tenido poca relevancia en la estructura tributaria, y esto se asentuó en la década del cincuenta al consolidarse el llamado modelo de “sustitución de importaciones”. Diversos autores consideran que los derechos de importación deben ser tratados más como un asunto de política industrial que de política tributaria.
6)     Tendencia creciente de los derechos de exportación: los ingresos fiscales resultantes de  la exportación de bienes sobre todo agropecuarios han contribuido de manera a veces transitoria pero significativa al financiamiento del Estado argentino. Tal política impositiva tiene una doble justificación que ratifica porque se trata de un gravamen de carácter progresivo. Por un lado, uno de los propósitos es que los precios internacionales no se trasladen a los precios domésticos y afecten así a la canasta de consumo familiar. Por el otro, grava por encima del impuesto a las ganancias que, como el exportador agropecuario, obtiene beneficios excepcionales  que no resultan de la retribución normal que le correspondería por su explotación de nuestros recursos naturales sino de la evolución de los mercados internacionales y de la estrategia cambiaria del gobierno.
Constitucionalmente los fondos recaudados por derechos de exportación no tienen que coparticiparse con las provincias, no obstante desde 2009 el Poder Ejecutivo ha dispuesto coparticipar  con las provincias un 30% de las retenciones. El pago de éstos derechos de exportación (que son sólo parcialmente coparticipables) disminuye la rentabilidad de los productores, haciendo que éstos aporten menos en impuestos a las ganancias por lo que  los derechos de exportación poseen una matriz regresiva.
7)     Importancia y continuidad de los gastos tributarios: otra de las características de sistema tributario argentino ha sido su falta de transparencia en la concesión  de medidas promocionales. Por un lado los incentivos favorecen generalmente a los sectores de rentas más elevadas, lo cual impacta negativamente en la distribución e incrementa la desigualdad.
A esto se suma que los subsidios indiscriminados en materia de energía y de transporte les acaban proporcionando  a los sectores sociales medios y altos beneficios cuyo monto supera ampliamente el que se dedica, por ejemplo, a la AUH.
8)     Crecimiento de la presión tributaria provincial: si bien en estos últimos años aumentó la captación fiscal por parte de las provincias  en términos del PBI, lo hizo a un ritmo menor que la recaudación nacional, o sea, que disminuyó  su participación en la recaudación total de los recursos impositivos.

CAPITULO CINCO
CORRUPCION, EVASION Y CONFIANZA
Aunque se trata de una zona conceptualmente resbaladiza, se pueden diferenciar al menos tres cuestiones: a) la CORRUPCION PIOLITICA, que consiste en el uso indebido del poder público para obtener beneficios privados; b) la EVASION FISCAL,  que supone el no pago fraudulento de una o más obligaciones tributarias; y c) la ELUSION FISCAL, que se distingue de la evasión porque en este caso la falta de pago no viola la letra sino el espíritu de la ley.
Los efectos nefastos de todas estas prácticas son, a la vez, cuantitativos y cualitativos. En cuanto a los primeros desencadena un círculo vicioso que acaba siendo especialmente dañino: disminuyen los recursos fiscales disponibles, de manera que debe limitarse el gasto público, y se defraudan así las expectativas de los contribuyentes, que tratan entonces de tributar lo menos posible y por lo tanto hacen que siga cayendo la recaudación impositiva.
Pero aún más perniciosas son las consecuencias cualitativas que tienen estas conductas. Sucede que mejor sistema tributario es aquel sostenido por una cultura de la confianza, que lleva a asumir las cargas fiscales como una obligación moral y no sólo legal. Instalar una cultura semejante implica un largo y sostenido proceso histórico, capaz de ponerla a resguardo de previsibles desviaciones  más o menos ocasionales.
Puesto en otros términos, la evasión, la elusión o las exenciones y los subsidios rara vez generan problemas morales  a sus beneficiarios aunque estos no se priven por eso de emitir opiniones críticas sobre esos temas, apelando discursivamente a lo que Nietzsche denominó “lenguaje del bien y del mal”, un ejemplo paradigmático es el de los jueces, que están expresamente  excluidos del pago de impuestos a las ganancias y se resisten férreamente a que esta situación se modifique.
Mientras en países más desarrollados que el nuestro los evasores fiscales suelen ir presos, aquí es tradicional la reticencia del fisco a promover denuncias en sede penal. No sólo esto. La experiencia señala en forma inequívoca que por lo común los delitos de corrupción y de evasión  quedan simplemente impunes.

CAPITULO SEIS
REDISTRIBUCION Y REFORMA FISCAL
 Es necesario que los estados adopten con urgencia medidas destinadas a achicar la desigualdad y a extender los niveles de integración social. La población percibe de desigualdad como un problema de poder que va más allá de la concentración económica y que, de no abordarse integralmente, puede obstaculizar las iniciativas para promover la cohesión social. Según la CEPAL, la gran mayoría de la población latinoamericana considera que la distribución del ingreso es muy injusta o injusta.
Un papel crecientemente activo del Estado implica de manera necesaria tanto que se impriman nuevas orientaciones del gasto público como que se lo agrande. Y su financiamiento exige que crezca en forma sustantiva la recaudación de impuestos progresivos. O sea que  se llega obligadamente al tema que ha sido tantas veces postergado en el país: la reforma impositiva.
Se repite casi en términos idénticos en la mayoría de los programas políticos, sean del signo que fuesen, la necesidad dell aumento del trabajo registrado, la luchas contra la pobreza, la mejora de la salud, de la educación, de la vivienda, del transporte, del medio ambiente, de la infraestructura, etc. Pero, salvo contadísimas excepciones, ni se explican con detalle de donde provendrán los recursos para financiar esos objetivos, ni se dice tampoco que desde hace más de treinta años el país paso de un régimen fiscal razonablemente progresivo que instaló el primer peronismo a otro claramente regresivo, que es el que nos rige hasta ahora, dejando a salvo la importante corrección positiva que introdujeron las retenciones.
Es así como modificar un sistema impositivo tan enmarañado  como el argentino exige,  entre otras cosas que se dicten  nuevas leyes de muy diverso tipo; que luego el Poder Ejecutivo las ponga en práctica, activando las áreas institucionales correspondientes;  que después se recaude con efectividad los fondos de las fuentes previstas, y que, por fin,  los recursos que obtengan  sean administrados con eficiencia y aplicados de manera transparente, si las acostumbradas  corruptelas  y desvíos.
Una reforma fiscal progresiva resulta muy ardua de realizar pero es factible en tiempos normales siempre y cuando le prepare el terreno un complejo, sostenido y diferenciado trabajo cultural, ideológico y político.
En cuanto al sistema tributario mismo, no cabe duda de que la búsqueda de una mayor igualdad requiere que de invierta su signo, transformándolo de regresivo en positivo, sin perjuicio de las retenciones. Para ello se hace preciso redefinir el régimen de gravámenes  indirectos y directos. El IVA representa el caso emblemático de los impuestos indirectos que inciden sobre la regresividad del sistema. Es fácil advertir que afecta mucho más a los  pobres que a los ricos cuando se toman en cuenta la composición del gasto de unos y otros. De ahí que se trate de una carga que, por un lado, debe bajar de modo significativo y diferenciado en lo que concierne a los bienes  y servicios propios del consumo de masas y, por el otro,  tiene que ser incrementada en el conjunto de los consumos suntuarios. Los cambios a introducir en los impuestos directos son varios e importantes, ante todo en lo que hace al impuesto a las ganancias.
Ha sido sobre todo gracias a las retenciones del agro como se obtuvo un equilibrio de las cargas fiscales. Pero si bien las exportaciones del sector agropecuario constituyen la mayor fuente de divisas, esto no quiere decir que el fuerte crecimiento  que registra el país desde 2002 haya sino motorizado por el campo, como se dedican a proclamar muchos dirigentes rurales.

CIERRE
Básicamente la lectura de este libro introductorio  permite despejar el acceso de actores no especializados a ciertos caminos que son muy interesantes de recorrer, que durante mucho tiempo estuvieron reservados solo para especialistas.
Uno de esos caminos vincula la reducción de las desigualdades sociales con el tema impositivo y con el gato público, relacionados también con el desarrollo económico. Cuando sube  el ingreso de los más pobres se incrementa el desarrollo; cuando crece el ingreso de los más ricos, el desarrollo declina.
El segundo de los caminos estrechamente relacionado con el anterior. Una mayor igualdad  es función de la estructura de los impuestos  y del gasto social mucho más que se sus niveles.
El tercero de los caminos que ha abierto este texto es de una índole totalmente distinta, que se hallan en el segundo volumen de esta obra, en el cual se encuentran análisis elaborados y específicos de los temas que se han tratado en las páginas precedentes.



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